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Escritos sobre teatro: Apuntes para una auto-presentación * Por Sergio Rommel Alfonso Guzmán ** La sabiduría popular compara los actos de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Discrepo. Profeso un exhaustivo y extenuante amor por Carlos Omar, Bertrand Andrés, Sergio Heberto, Gabriela Michel, Parneli y Yazmin Itzel, mis seis hijos, pero profeso escaso, o mejor dicho nulo amor por el libro de mi autoría Texto, maroma y representación: Escritos sobre teatro (UABC, 2008) que hoy se presenta. Por otro lado, no creo que los libros se escriben para ser amados -como sí creo que para ser amados se deben engendrar los hijos- sino por otras razones evidentemente menos sublimes que el amor, pero no por ello menos ¿tal vez? importantes.
Y como no creo que la presentación de un libro se hace para hablar del libro, porque entonces acabaríamos -ahora sí- con la esperanza última de nuestros “tres o cuatro lectores”, según la feliz expresión de José Luis Martínez en su columna de Milenio semanal, quisiera por lo tanto, intentar explicar para mí mismo, en primer término, y para ustedes, si me alcanza, por qué decidí no escribir este libro (porque nunca lo decidí), sino armarlo, compilar notas dispersas, publicadas la mayoría de ellas en el semanario Bitácora, y convertirlas en un libro. Hace veinte años, después de una extraña aventura laboral en una organización no lucrativa en el condado de San Diego, -“de cuyo nombre no quiero acordarme”- y un breve periodo de desempleo, comencé a trabajar en el Centro de Extensión Universitaria de la UABC en Tecate. A dos años de su fundación, el CEU (como cariñosamente le llamábamos), buscaba abrir espacios para la creación y el consumo artísticos en ese pueblo de bicicletas y de cerros, al que los “tecatos” no podemos evitar mirar con “un ojo cargado de simpatía”, citando a Luis González y González y, y al cual mi amigo Gabriel Adame retrató tan bien en su Serie Erótica Cuchumá. Así, que, a mis veinticinco años, encontré mi lugar en el mundo. Un trabajo, una vocación y una forma de vida, al lado de creadores admirables –como Álvaro Blancarte- que pronto se convirtieron en amigos entrañables, con todo y cacofonía. Organizar presentaciones literarias, conciertos de música clásica y espectáculos de danza y teatro, se convirtieron en acciones cotidianas de mi vida laboral. Y además pagadas. Mi entrada al teatro fue, pues, por la puerta de la promoción, o como ahora le llamamos: la gestión cultural. Llevar teatro a Tecate se convirtió pronto en mucho más que una jornada laboral, y el desplazamiento de la figura del promotor que organiza a la del espectador que ve, disfruta o bosteza, se dio de forma natural. No fue en un café, -aludiendo a la canción- sino en un teatro, o mejor dicho, auditorio universitario de Tecate donde encontré al teatro. La obra se llamaba La casa de las paredes largas y el actor era Ramón Tamayo como Pancho Villa. Ramón entra al escenario montando un caballo de madera, maniobra para detenerlo, tiernamente lo acaricia mientras se baja de él. Y entonces. No se hizo la luz (como en el Génesis) pero sí la epifanía. Decir que oí al caballo relinchar, que ví su crin negra y sedosa, que su olor penetrante se incrustó en las mucosas de mis fosas nasales, no sería suficiente. El caballo estaba ahí, presente. “Lo invisible se hizo visible”. Y ¿qué es el teatro sino lo invisible hecho visible? Eso mismo leería después en Peter Brook. Muchos años después, en un cuarto del seguro social de Mexicali, días antes de su muerte agradecí a Ramón el haberme mostrado –sin saberlo- lo que significaba el teatro. No pocas veces –todavía- cierro los ojos y miro a Ramón Tamayo montado sobre su caballo. Y entonces fue Bitácora. No recuerdo cuándo mandé mi primera colaboración al semanario cultural Bitácora. Pero si el empleo de promotor había derivado en el oficio de espectador, pronto estos dos se desdoblaron en el divertimiento del reseñador. Reseñar cuanto evento pasaba por el Teatro Universitario de Tecate se me volvió obsesión. Mi amiga Rosa María Espinoza, que entonces dirigía la revista universitaria Yubai, para tratar de dar salida a mi incontinencia reseñaril, “inventó” una sección al final de la revista, en donde dio cabida, hasta donde las páginas lo permitieron, a mis apresurados escritos, muchos de ellos sobre teatro. Y así transcurrió mi feliz década de los noventa. Inicia el nuevo siglo y Maricela Jacobo al frente del Instituto de Cultura de Baja California se dispone a recuperar la Muestra Estatal de Teatro como criterio de selección para la Muestra Regional. Me invita, a un lado del dramaturgo sonorense Cutberto López y de la admiradísima crítica teatral de La Jornada Olga Harmoney a ser jurado. La obra seleccionada fue Mades Medus, del joven director Juan José Luna. Y ya no fue lo mismo. Compartir butaca de espectador a un lado de la maestra Harmoney me aterró. A partir de entonces, leí y releí compulsivamente de Claudia Cecilia Alatorre a Antonin Artaud; de Eugenio Barba a Patricia Cardona, de Edgard Ceballos a Harold Clurman, de Frank Dauster a Armando de María y Campos, de Jean Duvignaud a Enrique Mijares, de Armando Partida a Patrice Pavis, de Rodolfo Obregón a Kirsten Nigro y un extensísimo etcétera. Reseñar teatro no podía seguir siendo para mí sólo un divertimento: exigía más. 2003. La Universidad crea la Escuela de Artes y me convierto en su subdirector en Tijuana. Desde ahí, en complicidad con Hugo Salcedo y la Escuela de Humanidades ofertamos el diplomado en Teoría y crítica teatral. “Si bien –como escribí años después en la “introducción” del libro que hoy nos ocupa- este evento académico no formó críticos teatrales, sí legitimó su presencia dentro del campo teatral bajacaliforniano. Era posible escribir acerca del teatro que se hace en Baja California, pues existe un cuerpo teórico y metodológico para ello. El teatro es un lenguaje y, por tanto es a la vez susceptible de ser leído e interpretado” (p. 16). Entender el lenguaje del teatro desde el lenguaje del teatro ha sido mi pretensión al escribir en los últimos años, no sé si cientos pero seguramente casi cientos de reseñas y notas sobre teatro. Intentar entender el mecanismo a través del cual lo invisible se hace posible, desentrañar la coherencia interna de la puesta en escena, de su lenguaje. Explicarme la magia, cuando la magia ocurre. 2006. La Escuela de Artes abre la Licenciatura en teatro. La visión de un teatrista integral anima a quienes trabajamos en el diseño curricular de dicho programa de estudios. Imparto las asignaturas de Teatro y sociedad, Signo teatral y Teatro contemporáneo en México. La interacción con una joven comunidad de creadores escénicos me nutre y me aprendizaje se acrecienta. Texto, maroma y representación: Escritos sobre teatro es en gran medida mi diario personal de espectador. Las 400 páginas que lo conforman son, en cierta medida, los residuos de cientos de horas de felicidad o desespero, desde la comodidad privilegiada de mi butaca de espectador. Rocío Galicia, actriz y apasionada investigadora del teatro del norte, me convenció de publicar estas notas desperdigadas, en forma de libro. Su amistad me obsequió un generoso prólogo, al igual que la amistad de Blancarte la imagen de portada y la amistad de Edgar Meraz, quien tomó la fotografía de solapa y generó –entre mis amigos- el chiste privado de que “Edgar es tan buen fotógrafo que hizo que Sergio Rommel no se vea tan feo”. No sé si da para tanto. Finalizo diciendo que este oficio de espectador me ha reportado momentos de deslumbramiento. Yo, y quiero pensar que el mundo, no somos los mismo gracias a Silencio blanco de Claudia Villa, Perfecto luna de Dora Arreola, Cartas al pie de un árbol de Ángel Norzagaray, Rebelión de Hebert Axel y Bárbara Gandiaga de Fernando Rodríguez Rojero. Por supuesto podría añadir cinco títulos más para completar mi top ten del teatro bajacaliforniano. Pero quiero pensar que los cinco montajes restantes están en el presente y en el futuro, y seguramente algunos de ellos, bajo la dirección de los alumnos de la Licenciatura en teatro de la UABC, alumnos como Esmeralda, que hacen, al término de la tercera llamada, que mi corazón y mi cuerpo se abran expectantes a la epifanía.
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