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Viaje al drenaje profundo de la justicia carcelaria * Libro de Gonzalo Lizardo obliga al lector a una incursión en el Palacio Negro de Lecumberri Por Víctor Magdaleno
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La lectura del libro más reciente del escritor zacatecano Gonzalo Lizardo depara un viaje a las entrañas de uno de los centros de reclusión más tristemente célebres en México, la prisión de Lecumberri, conocida en su larga época de tétrica fama como el Palacio Negro. Sólo que este viaje dista mucho de ser un recorrido de día de visita y obliga al lector a sumergirse en los intestinos, y más específicamente, en el intestino grueso, de lo que se denomina en México, no sin jactancia, sistema de readaptación social. En otras palabras, la novela de Lizardo propone un ejercicio de buceo en el drenaje profundo de la “justicia” carcelaria en México, si acaso eso es imaginable en un país que si de algo ha carecido a lo largo de su historia es precisamente de justicia y más aún en el mundo de los presidios.
Acaso porque las prisiones en México son lo más cercano a las cloacas de la sociedad, el libro de Gonzalo Lizardo se titula Corazón de mierda (2007) y fue publicado a dúo por Ediciones Era y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Lizardo es autor de varios libros de narrativa: Azul venéreo (1989), El libro de los cadáveres exquisitos (1991) y Jaque perpetuo (2005), así como del ensayo Polifoni(a)tonal, y estuvo en Tijuana para presentar su obra más reciente durante la pasada Feria del Libro. La trama de esta novela de 120 páginas se sitúa a finales de los años 50 e inicios de los 60, cuando Ricardo Olmedo Ríos, alias El Profe, cae en el Palacio Negro junto con su banda, luego de toda una vida de atracos y fechorías. Sus aventuras son narradas por uno de sus secuaces: el Candigas, un personaje singular que por momentos puede mostrarse como el hampón más inescrupuloso y desalmado, para en seguida lucir como un joven solitario y suplicante, en busca sólo de un poco de ternura. El contexto es la omnipresente corrupción en Lecumberri, donde todos, excepto los reos sin padrino, se benefician del sistema, desde los custodios y mandos medios hasta los más altos directivos. No obstante el arco temporal que abarca la novela, los años previos al 68 cuando las celdas del Palacio Negro se llenarán de líderes estudiantiles y presos políticos, bien cabe la pregunta de qué tanto de aquel retorcido enjambre de complicidad y corrupción persiste en el sistema penitenciario actual y la respuesta apunta, por desdicha, a que los centros penales mexicanos están más próximos a ser universidades del crimen que verdaderos centros de rehabilitación. Mucho cambió con el cierre del otrora Palacio Negro, transmutado en el Archivo General de la Nación, pero muy poco se ha avanzado en la verdadera readaptación social de los presidiarios. Corazón de mierda se nutre del relato del Candingas, un desposeído que carece de todo, incluso de nombre, y si acaso se le identifica con ese mote es por lo que él mismo confiesa en las primeras líneas del libro: “Mi nombre no importa. Si le late, puede llamarme Candingas. Así me han dicho siempre los pocos que me quisieron o malquisieron…”. A partir de ese momento, el lector queda a merced de las palabras de este sujeto que siendo apenas un adolescente une su vida a la del Profe, quien no sólo lo introduce al mundo del hampa sino le profiere un trato especial, lo que estrecha su relación y sella su amistad, pero sin perder nunca de vista que aquel siempre será el jefe y el Candingas, su escudero. Si se atiende a las atmósferas opresivas palpables en la narración, el libro de Lizardo tiene un referente ineludible: El apando, de José Revueltas, que también recrea los interiores de Lecumberri, pero acaso para evitar los tonos sombríos del autor de Los muros de agua, otra novela en torno a una prisión, Lizardo eligió voces que si no fuera porque dibujan un mundo tenebroso su relato resultaría hasta humorístico, o lo es aunque por instantes, pues el Candingas se las ingenia para, no obstante la naturaleza de lo narra, sacarle una risotada (o varias) al lector. Y en ese tono se hace presente un segundo ingrediente que está en la médula de esta novela: la referencia a otro escritor mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi y el que es tal vez el pícaro más célebre de la literatura mexicana: el Periquillo sarniento. La fórmula, si acaso las hay en este campo, es amasar una narrativa al estilo del Periquillo con las atmósferas carcelarias recreadas por Revueltas, quien no hablaba de oídas, sino que él mismo padeció. Esa combinación, aderezada con la imaginación y el estilo propios de Gonzalo Lizardo dan como resultado este Corazón de mierda. Es de considerarse que, tal vez, de ninguna otra forma podía escribirse una novela sobre los intestinos del Palacio Negro y sus moradores desahuciados, y quizás también de esta novela pueda decirse lo que el filósofo español Fernando Savater afirmó de El Periquillo de Fernández de Lizardi: “En el fondo los malos y malditos de esta novela, contribuyen a divertirnos y entretenernos”. Y un efecto similar propicia la lectura de este libro del escritor zacatecano, que a despecho de la rudeza de su título, entretiene e informa, porque —según confiesa el autor— está basada en hechos reales, aunque desde luego se modificaron los nombres de algunos personajes y se omitieron otros. Entre los personajes reales que aparecen en las páginas de Corazón de mierda, aparte de líderes ferrocarrileros y otros disidentes, se encuentra David, un pintor de filiación comunista encerrado en Lecumberri a causa de sus ideas políticas y cuyo retrato corresponde sin artificios al Coronelazo David Alfaro Sequeiros. Un acierto del autor es mantener a raya el protagonismo de personajes de ese calibre, de modo que no rivalice con el Candingas, quien miserable y ruin es en todo momento el protagonista de su propia narración y la médula de esta novela.
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